Hoy escuché hablar de la invensión de la imprenta y me quedé pensando. Más allá del hecho evidente de la masificación de la escritura y la lectura, la imprenta fue un antes y un después en la vida del hombre. Pero eso ya lo sabemos. Sin embargo, yo me detuve a pensar cómo hubiese sido vivir antes del siglo XV. O mejor, cómo sería viajar a esa época con nuestras comodidades contemporáneas.
No quiero referirme a tecnologías avanzadas ni a ninguna otra expresión del capitalismo, sino al poder de la palabra. No tener forma de expresarme por escrito sería uno de mis mayores problemas, no por no poder redactar (no perdería mis conocimientos), sino porque nadie podría comprender mis palabras. Ni que hablar de no tener nada para leer.
Recordé a Coehlo enseñando a sus lectores a través de El Zahir que por aquellos tiempos (carentes de la palabra escrita) historias de todo tipo se transmitían de forma oral. A pesar de saber esto con anterioridad, lo que llamó mi atención es que las historias no portaban nombres ni fechas, de modo que solo se recuerden para ser transmitidas sin esforzar a la mente. Esto permitía que la memoria no los traicionara, y así la historia quedaría lo más parecido posible a la original.
Creo que hoy en día hago tanto esfuerzo por recordar detalles que por momentos no recuerdo que lo que verdaderamente importa es la esencia de las cosas. Esencia que se crea a través de cada punto de vista. ¿Qué pasaría si expresara mis puntos de vista? Mi mente tendría más lugar para almacenar lo que realmente importa y me enriquecería con las esencias de los demás.
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