En épocas de buscar aliados, los rumores aparecen en todas sus versiones. El vox populi se convierte en un integrante más del grupo emisor político, acompañado de la imprecisión, las estimaciones y la carencia de fundamentos. Faltando meses para la concreción de las elecciones, las bocas de urnas parecen hacer justicia por mano propia, acercando cada hecho consumado de nuestro país, a un movimiento deliberadamente planeado por un actor político en particular. Ya sea de la oposición o del oficialismo.
A la vista yacen las marcas ideológicas que cada opinión contiene. Sin embargo, cabe preguntarse de dónde surge esa identidad política que cada ciudadano sostiene como bandera propia. Es cierto que la sociedad contemporánea tiende a una nueva forma de accionar disfrazada de desinterés, desesperanza y despreocupación para con la política. Decisiones que traen aparejadas, en muchos casos, la desesperación. Es necesario entender el surgimiento de un alejamiento de semejante dimensiones por parte de una sociedad civil que se ve inmersa en medio de un campo que pretende abandonar. ¿Cómo es posible que aquellos actores que tienen la posibilidad de manejar el tablero, quieran tirar las cartas en el instante en el que pueden ganar la partida? ¿Cómo no defender, cómo no involucrarse, cómo no luchar por aquellos intereses que afectan los suyos propios?
En ciertas ocasiones, la línea que separa lo público de lo privado se vuelve tan delgada que cuesta trabajo divisarla. En esos momentos en que la opinión pública se vuelve monótona, apaciguada e indiferente es cuando hay que aplicar un aumento a la realidad y observar en mayor detalle lo que ocurre. Es ahí, cuando se podrá visualizar esa pequeña división, en donde se encuentra a los intereses privados, eternos manipuladores del discurso individual cotidiano. Es por esto que el poder que ejercen los grandes medios de comunicación como influenciadotes primarios y directos sobre la sociedad contemporánea es la principal fuente de combustible para toda campaña política.
Tal como explica Debray en su texto El Estado Seductor, “… todo Estado es tecnócrata. Debe apropiarse de o controlar los sistemas técnicos de fabricación y transporte de los signos”. Si bien las alianzas partidarias son sinónimos de poder, el principal recurso estratégico de todo recorrido de campaña es apelar a los mejores amigos del pueblo, aquellos que lo acompañan en todo momento: radio, diario, revistas, internet, televisión.
Aquel que consiga transformar su discurso en la boca del pueblo, aquel que introduzca su imagen en los ojos de la sociedad, aquel que esté dispuesto a escuchar lo que la gente pide a gritos será aquel que logre triunfar cuando las urnas se abran y las bocas queden atrás.
Apelando a las reflexiones platónicas, es posible comprender la relación entre el cuerpo, el alma, las virtudes y el estado, simbólicamente representados por la cabeza, la racionalidad, la sabiduría y los gobernantes, respectivamente. Dichos componentes se unen por medio de un hilo invisible que reúne un concepto demandante de acción. La implicancia política supera al hombre, está en su ser. Y el Estado lo demanda, lo implica, lo necesita. Lo esencial, es invisible a los ojos.
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